Me miro desnudo en el espejo.
Ya no tengo sexo.
Solo cuelga,
inerte.
Vuelvo a la cama.
Voy a soñar con una sirena.
En las figuras del humo del cigarrillo un pie sin dedos.
A la tarde escucho canciones de amor.
Obvias, exageradas, pegajosas.
Son detestables
pero dicen la verdad.
Al menos la patética verdad de mi depre.
Enciendo la computadora.
Busco la entrada.
Veo la pantalla en blanco.
Me agrada
y me atrae.
No escribo, prefiero fumar.
Para qué buscar la otra zapatilla.
Puedo caminar igual.
Solo tengo que ir hasta la cocina.
Tomar mate
y fumar.
La puta me mira.
No quiero nada.
La invito a comer pizza.
Ella me habla.
Pregunta.
Le digo que quiero dormir.
Ya no escribo palabras.
Las escupo.
El escándolo con Delfina.
Los gritos.
Los vecinos.
El llanto.
La policia.
Todavía estoy borracho.
Como no sé qué hacer.
Leo un pensamiento de Simone Weil
Pienso
y no entiendo.
Solo tengo ganas de llorar.
Vidrios rotos en la cabeza.
Cantan los pájaros en la mañana.
Yo me tapo con la frazada,
ya no quiero sentir el afuera.
Uno, dos, tres, cuatro...
¿Cuántos puchos en el cenicero?
¿Cuántos amores en el adiós?
Volver a la cama.
Apretar los ojos al pasado.
En las figuras del humo la forma de un cráter lunar.
Con la mano derecha sostengo la manija de la pava.
Con la izquierda, el mate.
Siempre la situación es la misma.
Chupo
y luego enciendo un cigarrillo.
Asisto al derrumbe del mundo.
Arrodillarse frente a la ropa sucia.
¿Rezar?
Pero mi Dios es sordo
o también está con la depre.