EXCRITURA DE T. S. ELIOT
Podridas, las maderas del muelle
ya olvidaron el horizonte de las aguas
Hojas como lágrimas secas
que hunden su agonía en la orilla.
Y solo pasa el viento, ciego.
Botellas, preservativos, colillas...
aun recuerdan una lejana transparencia.
Los pensamientos entre la mugre
no sienten lamentos, se van
o flotan como palabras muertas.
Apenas otra noche de invierno
sin estrellas, un bosque sin dioses.
Y en las ondulaciones, ahi,
la realidad del mero reflejo:
esa risa perdida de mi mudo esqueleto..
jueves, 2 de marzo de 2017
miércoles, 1 de marzo de 2017
EXCRITURA DEL POEMA CONJETURAL POR ALVARO DE CAMPOS
En el muelle, solitario, otra vez miro lo indefinido:
impreciso, tan azul, inmenso,
y un bote; pero él está con la distancia.
con la brisa y la mañana.
En el aire flota otra vida, espuma.
Yo, el ingeniero, el civilizado, el extranjero,
y ya se insinúa la seducción en la sangre.
Me atrapa el delirio, me llama los mares...
quiero mezclarme con los piratas,
sus ojos crueles y abominables.
Acaso enterrar vivos en islas desiertas a los niños,
apenas para pasar el tiempo.
Esas ansias de lo cruel y abominable, feroz,
al fin encontrar mi barbarie;
ah, y que luego me despedacen para sentir, ser mi destino.
En el muelle, solitario, otra vez miro lo indefinido:
impreciso, tan azul, inmenso,
y un bote; pero él está con la distancia.
con la brisa y la mañana.
En el aire flota otra vida, espuma.
Yo, el ingeniero, el civilizado, el extranjero,
y ya se insinúa la seducción en la sangre.
Me atrapa el delirio, me llama los mares...
quiero mezclarme con los piratas,
sus ojos crueles y abominables.
Acaso enterrar vivos en islas desiertas a los niños,
apenas para pasar el tiempo.
Esas ansias de lo cruel y abominable, feroz,
al fin encontrar mi barbarie;
ah, y que luego me despedacen para sentir, ser mi destino.
EXCRITURA AUTOBIOGRÁFICA VI
¿Por qué tiraba esa rosa al arroyo?
Era muy cruel, ingrato.
Por suerte, la sonrisa de madrina
sin decir nada era un consuelo.
Pero otra vez quería esa historia
y ver a la flor y al ruiseñor.
Aunque el final, ay, tan triste,
no lo quería escuchar, nunca.
Me imaginaba a ese pajarito,
su sangre roja en los pétalos blancos.
Hasta necesitaba tocar el libro,
acariciar la magia de las letras;
así después, en el dormir,
ya soñaba esta excritura de Wilde.
¿Por qué tiraba esa rosa al arroyo?
Era muy cruel, ingrato.
Por suerte, la sonrisa de madrina
sin decir nada era un consuelo.
Pero otra vez quería esa historia
y ver a la flor y al ruiseñor.
Aunque el final, ay, tan triste,
no lo quería escuchar, nunca.
Me imaginaba a ese pajarito,
su sangre roja en los pétalos blancos.
Hasta necesitaba tocar el libro,
acariciar la magia de las letras;
así después, en el dormir,
ya soñaba esta excritura de Wilde.
EXCRITURA DE CHARLES PEIRCE
No son ninguna pavada, y menos un delirio
las tricotas de Carlitos Peirce.
De última, si estaba un poquitín chiflado,
peor es la sensatez de los necios;
esos que nunca pueden admitir
que solo se conoce cuando se siente el amor.
A la deriva de sus paseos, el mundo,
infinito, se abría al juego de los signos:
el misterio de sus correspondencias,
arbitrariedades, esos continuos gestos mudos
que desbordan el acuerdo del sentido,
su escaso consuelo en el abierto devenir.
¿O acaso no sorprende el saber
que no es real la sustancia del sueño,
pero que el hecho del sueño es real?
Por eso la primeridad, y la segunda y la tercera,
también sirven para los días fríos,
los inviernos más oscuros
y terribles como la mismísima muerte.
Y para esa potencia -la determinada y la otra-,
que convierte en maestra a las experiencias,
cualquier instante en el adentro:
a cada latido en el andar, hábitos y azares: la vida.
No son ninguna pavada, y menos un delirio
las tricotas de Carlitos Peirce.
De última, si estaba un poquitín chiflado,
peor es la sensatez de los necios;
esos que nunca pueden admitir
que solo se conoce cuando se siente el amor.
A la deriva de sus paseos, el mundo,
infinito, se abría al juego de los signos:
el misterio de sus correspondencias,
arbitrariedades, esos continuos gestos mudos
que desbordan el acuerdo del sentido,
su escaso consuelo en el abierto devenir.
¿O acaso no sorprende el saber
que no es real la sustancia del sueño,
pero que el hecho del sueño es real?
Por eso la primeridad, y la segunda y la tercera,
también sirven para los días fríos,
los inviernos más oscuros
y terribles como la mismísima muerte.
Y para esa potencia -la determinada y la otra-,
que convierte en maestra a las experiencias,
cualquier instante en el adentro:
a cada latido en el andar, hábitos y azares: la vida.
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